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Desde que comenzaron a dictarse las clases de manera virtual en Venezuela, debido a la pandemia del coronavirus Covid-19, este nuevo método de estudio ha generado más dificultades que resultados positivos por las fallas constantes o la ausencia del servicio de Internet.

Las clases presenciales están suspendidas desde mediados de marzo, por lo que unos 8,2 millones de estudiantes de primaria y bachillerato deben ingeniárselas para cumplir con sus tareas diarias, haciendo uso de un servicio de Internet deficiente y de equipos electrónicos prestados por otros compañeros, ya que por su alto costo son inalcanzables para la mayoría.

Según un estudio de campo realizado por las principales universidades del país, 8 de cada 10 venezolanos viven en pobreza extrema, por lo que muchos niños y jóvenes deben sentarse en la calle con una tablet prestada para captar la señal de WiFi de algún vecino.

Las clases y tareas son enviadas por los profesores a través de WhatsApp, siendo esta la vía que más de utiliza para interactuar, ya sea por mensajes escritos o notas de voz. Un medio de comunicación por demás limitante, ya que no todos, ni alumnos ni profesores, cuentan con un teléfono inteligente.

«Es complicado, porque a veces no entiendo nada», dijo en un trabajo especial de la agencia de noticias AFP publicado en el portal NTN24, Jonathan Figueroa, de 14 años, alumno de un liceo público de Caracas.

Las clases por videoconferencia están descartadas, al menos en los estratos medio y bajo de la población, pues el costo de un teléfono inteligente puede representar meses e incluso años de salarios para las familias ahogadas por la hiperinflación.

Jonathan se alegró cuando el presidente Nicolás Maduro ordenó las clases a distancia porque pensó que serían fáciles o como unas vacaciones, pero con el paso del tiempo se dio cuenta que la nueva metodología era abrumadora para él. «No sólo hago mal la tarea, sino que pierdo tiempo», se lamentó.

De acuerdo con la web Speedtest, Venezuela ocupó en agosto el puesto 169 entre 174 países en la rapidez de sus conexiones de banda ancha, al promediar 6,15 megabits por segundo frente a los 36,63 de su vecina Colombia, en el puesto 81.